Una misma sala puede acoger un comité de dirección el lunes, una formación interna el martes y un taller de equipo el jueves. El mobiliario, en cambio, rara vez sigue el ritmo. Una mesa larga y fija funciona de maravilla para doce personas en torno a un mismo orden del día, pero no sirve de mucho en un taller que necesita dividirse en grupos pequeños. Una mesa de reuniones modular permite reorganizar la sala en pocos minutos, sin perder la mañana en ello. La clave está en elegir bien el sistema, porque las mesas plegables, las abatibles y los módulos ensamblables responden a necesidades muy distintas.
Puntos clave
El término engloba cualquier mobiliario que se puede mover, combinar o guardar para cambiar la distribución de una sala. En lugar de un único tablero, se dispone de varios módulos independientes. Unidos, forman una gran mesa de conferencias. Separados, se convierten en puestos de trabajo en islas o en filas para una formación.
La mesa plegable recoge sus patas bajo el tablero y se guarda en plano, idealmente en un almacén. Encaja bien en usos puntuales como seminarios o eventos internos, aunque su montaje lleva algo más de tiempo.

La mesa abatible funciona de otra manera: su tablero bascula hasta quedar en vertical, de modo que las mesas se encajan unas con otras contra la pared. Es la solución preferida en las salas de formación que se reorganizan cada semana. Eso sí, aunque esté recogida, sigue a la vista.
Las mesas con ruedas, a menudo combinadas con un tablero abatible, se desplazan sin apenas esfuerzo. Necesitan, eso sí, frenos fiables: sin ellos, la mesa se desliza en cuanto alguien se apoya.
Por último, los módulos ensamblables combinan formas complementarias (rectángulos, trapecios, medias lunas) que se conectan entre sí mediante uniones. Pesan más, pero a cambio ofrecen una estabilidad y un acabado muy próximos a los de una mesa fija. Suelen verse en salas de reuniones de gama alta que solo cambian de configuración unas pocas veces al año.
Durante mucho tiempo, el mobiliario modular era casi un capricho. Ya no lo es. Según CBRE, la tasa media de utilización de las oficinas en el mundo pasó del 38 % en 2024 al 53 % en 2025, con picos de ocupación que llegan al 80 % (fuente: CBRE, «The Affiliation Imperative: The Office’s New Purpose», julio de 2026). La plantilla vuelve a la oficina, pero no todos los días. Hay jornadas en las que no queda una sala libre y otras en las que están todas vacías.
La propia oficina también se está transformando. En el continente americano, CBRE constata que los espacios compartidos (salas de reuniones, salas de proyecto, zonas informales) crecieron un 35 % entre 2021 y 2025, mientras que el peso de los espacios individuales bajó del 56 % al 35 % (fuente: CBRE, julio de 2026). La oficina se convierte, ante todo, en un lugar de encuentro. Y no siempre nos reunimos de la misma forma.
Ahí es donde el mobiliario modular demuestra su valor. Una sala que acoge un comité por la mañana y un taller por la tarde evita multiplicar salas especializadas que pasan buena parte de la semana vacías. Además, permite ajustar la distribución al objetivo de cada reunión. Las decisiones se toman mejor cara a cara, en torno a una misma mesa. Una lluvia de ideas funciona mejor en grupos pequeños. Y una formación exige que todo el mundo vea la pantalla y al formador.
También hay un argumento a largo plazo. Cuando un equipo crece o un departamento se traslada, los módulos se reorganizan, mientras que una gran mesa fija suele acabar sustituida. Un mobiliario que dura más es una buena noticia tanto para el presupuesto como para la huella ambiental.
Con un mismo conjunto de módulos, hay varias configuraciones que se repiten una y otra vez.
| Distribución | Ideal para | Atención a |
|---|---|---|
| Tipo consejo (mesa central) | Comités, reuniones de decisión, videoconferencia | Mantener la pantalla y la cámara en la cabecera |
| En U | Formaciones, presentaciones interactivas | Abertura de la U orientada hacia la pantalla |
| Tipo escuela | Formaciones magistrales | Visibilidad desde las últimas filas |
| En islas | Talleres, trabajo en grupos pequeños | Una toma de corriente por isla |
| Cuadrado abierto | Seminarios, reuniones amplias | Mucha distancia entre participantes enfrentados |
La capacidad depende, lógicamente, de las dimensiones de la sala. Como referencia, los interioristas suelen calcular entre 60 y 80 cm de tablero por persona sentada, según se trabaje o no con portátil.
Todo lo demás se deriva de esta pregunta. Una sala que se reorganiza varias veces por semana necesita mesas ligeras, con ruedas y con uniones que encajen en segundos. En cambio, una sala de dirección que se transforma dos veces al año para un seminario puede optar por módulos más pesados y elegantes.
También conviene pensar en quién moverá las mesas. Si lo hacen los propios usuarios, el manejo tiene que ser sencillo y seguro: una sola persona debe poder abatir un tablero sin pillarse los dedos. Si se encargan los servicios generales, se puede asumir algo más de complejidad.
Y queda la pregunta que casi todo el mundo olvida: ¿dónde se guardan las mesas que sobran? Sin un almacén cerca, las mesas plegables pierden buena parte de su interés.
Nada resta tanta credibilidad a una sala de reuniones como una mesa que cojea. La estabilidad depende de las patas, de la rigidez del tablero y, sobre todo, de las uniones entre módulos, que acaban cogiendo holgura en los modelos de gama de entrada. Si la mesa lleva ruedas, lo mínimo es que todas tengan freno.
Para un uso profesional intensivo, la conformidad con la norma europea EN 15372 es una buena referencia. Fija los requisitos de resistencia, durabilidad y seguridad de las mesas de uso no doméstico, es decir, las que se van a mover, cargar y desplazar durante años.
Un tablero que se mueve cada semana soporta golpes, roces y arañazos. El laminado de alta presión resiste muy bien este trato. La melamina, más económica, es adecuada para un uso moderado. En ambos casos, unos cantos bien protegidos evitan que las esquinas se astillen. La guía sobre cómo elegir entre laminado y melamina para una mesa de reuniones profundiza en el tema.
La comodidad también cuenta. Unas patas situadas en los extremos dejan libre el espacio bajo el tablero, y nadie quiere pasar una jornada de formación de ocho horas con la pata de la mesa entre las rodillas.
Es un error clásico: se compran mesas móviles y después se descubre que los enchufes están en la pared, a tres metros. Los alargadores empiezan a cruzar el suelo y la sala pierde enseguida su aspecto cuidado.
Las soluciones, sin embargo, son bien conocidas. Las cajas de conexión empotradas en el tablero, como las de Bachmann, dan acceso a electricidad, USB-C y HDMI. Las conexiones eléctricas entre módulos permiten alimentar una fila entera desde un solo enchufe. Y las bandejas pasacables bajo el tablero evitan que los cables se arranquen al primer movimiento.
Hoy en día, casi todas las salas de reuniones son híbridas. La pantalla, la cámara, los micrófonos y el sistema de presentación inalámbrica tienen que funcionar sea cual sea la disposición de las mesas, y eso no ocurre por sí solo.
El mobiliario y la tecnología se siguen planificando por separado con demasiada frecuencia. Según el informe Workplace Equation 2026 de Logitech, solo una de cada cuatro empresas (24 %) implica a sus equipos de TI y audiovisuales antes de empezar a planificar sus espacios (fuente: Logitech, The Workplace Equation Annual Report 2026, encuesta de The Harris Poll a 1.700 responsables de decisión). El mismo estudio cifra en 12,2 minutos, de mediana, el tiempo que pierde cada persona cuando falla el equipamiento de la sala.
En la práctica, un enfoque sencillo da muy buenos resultados. Se define una configuración de referencia, orientada hacia la pantalla y la cámara, a la que la sala vuelve tras cada uso distinto. Se instala un módulo central fijo que aloja los micrófonos, la conectividad y el sistema de presentación, y el resto de mesas se mueve a su alrededor. Se comprueba el campo de visión de la cámara en cada disposición para que nadie quede fuera de plano. Y una discreta marca en el suelo ayuda mucho a dejar la sala en orden.
En las salas que alternan videoconferencia y otros usos, los monitores retráctiles de Arthur Holm, que se esconden en el tablero, dejan la mesa despejada cuando la pantalla no hace falta.
El primero es decidir solo por precio. Una mesa modular de gama baja envejece mal: las uniones cogen holgura, las ruedas se atascan y los tableros se marcan. Al cabo de dos años, el ahorro inicial suele haberse esfumado.
El segundo es llenar la sala en exceso. Por muy modulares que sean, demasiadas mesas hacen que el espacio sea impracticable. Hay que dejar pasillos para circular, sentarse y mover los módulos sin obligar a todo el mundo a levantarse.
Mezclar gamas también da problemas. Dos mesas de fabricantes distintos rara vez tienen exactamente la misma altura o el mismo sistema de unión.
Por último, una sala modular que nadie recoloca se convierte pronto en una sala desordenada. Un plano de configuraciones colgado en la pared, o una rutina a cargo de los servicios generales, resuelve la cuestión.
Una empresa de servicios quiere convertir una sala de 60 m² en un espacio polivalente donde celebrar sus comités de dirección, sus formaciones internas y talleres de equipo.
La elección recae en un módulo central fijo, equipado con conectividad y micrófonos, rodeado de ocho mesas con ruedas y tablero abatible. Para los comités, las mesas se alinean alrededor del módulo central y forman una gran mesa frente a la pantalla de videoconferencia. Para las formaciones, se colocan en U, con la abertura hacia la pantalla interactiva. Para los talleres, se agrupan en tres islas de cuatro puestos, cada una con su propia conexión eléctrica. Y cuando la empresa organiza un evento de pie, los tableros se abaten y la sala queda despejada en pocos minutos.
Diseñar una sala modular reúne a varios oficios: interiorismo, ergonomía, electricidad y audiovisual. Cuando cada uno trabaja por su cuenta, las sorpresas aparecen el día de la instalación.
Meeting by Motilde diseña y fabrica su propio mobiliario para salas de reuniones bajo la marca KAMO, con la conectividad y el equipamiento audiovisual integrados desde la fase de diseño. La gama Origami, buque insignia de la marca, se concibió para ofrecer gran libertad de movimiento en la sala, y las opciones a medida permiten adaptar dimensiones, acabados y conectividad a cada espacio. Esta doble competencia resulta especialmente útil en el equipamiento de salas de formación, donde la modularidad no es opcional.
Los datos de ocupación van a tener un papel cada vez mayor. Los sensores de presencia y las herramientas de reserva de salas muestran con precisión cómo se usan los espacios, lo que ayuda a decidir cuántos módulos hacen falta y qué configuraciones conviene ofrecer.
La conectividad inalámbrica, desde la presentación de pantalla hasta la carga por inducción, reduce poco a poco la dependencia de los cables y hace que las mesas sean todavía más móviles. Los criterios medioambientales también pesan cada vez más en las compras: durabilidad, reparabilidad y fabricación europea.
La mesa plegable es un tipo de mesa modular: sus patas se pliegan para guardarla en plano. El concepto de mesa modular es más amplio e incluye también las mesas abatibles, con ruedas o ensamblables, es decir, cualquier mobiliario que permita cambiar la distribución de una sala.
Depende del número de módulos y de la disposición. El mismo conjunto puede formar una mesa de cuatro plazas o una gran mesa de conferencias para una veintena de personas. Como primera aproximación, se calculan entre 60 y 80 cm de tablero por persona sentada.
Un modelo profesional bien diseñado lo es, siempre que las patas, las uniones y los frenos sean de calidad. La conformidad con la norma EN 15372, que regula las mesas de uso no doméstico, es un buen indicador de solidez.
Lo más sencillo es contar con un módulo central conectado a la red, desde el que se alimentan las demás mesas mediante conexiones eléctricas. Las cajas empotradas en los tableros y las bandejas pasacables completan la instalación. La carga inalámbrica reduce todavía más el número de cables.
Sí, siempre que la integración se planifique de antemano. Hace falta una disposición de referencia orientada hacia la pantalla y la cámara, un módulo central para los micrófonos y la conectividad, y una comprobación del encuadre en cada configuración. Un integrador audiovisual puede validar todo esto desde la fase de diseño.
El laminado de alta presión es el más adecuado para salas con mucho uso, gracias a su resistencia a los arañazos y los golpes. La melamina sirve para un uso más moderado. La chapa de madera aporta un toque más exclusivo, pero aguanta peor los desplazamientos frecuentes.
La mesa de reuniones modular responde a una realidad sencilla: las salas ya no sirven para una sola cosa. Bien elegida, permite aprovechar mejor la superficie, adaptar cada reunión a su objetivo y hacer evolucionar los espacios sin tener que renovarlo todo. A cambio, exige tomar algunas decisiones con criterio sobre el tipo de sistema, la robustez, la conectividad y la coherencia con el equipamiento audiovisual.
Con el auge de los datos de ocupación, de la tecnología inalámbrica y de las exigencias medioambientales, este tipo de mobiliario debería seguir ganando terreno. Las empresas que lo incorporan hoy a sus proyectos de diseño de espacios se dan, sobre todo, margen de maniobra para usos que todavía no han imaginado.